Sobre la utopía. Entre funerales y deseos
Ya no quedan utopías. Los grandes ideales de cambio han muerto (por auto-consunción). Superando el fastidio que me causa la repetición continua de estos funerales, intentare desarrollar algunas reflexiones. Si por utopía se entiende la construcción ideológica en cuyo nombre se subordinan a los individuos, una misión para cuyo cumplimiento es necesario diferir nuestras pasiones actuales, el fantasma a seguir por aquellos que quieren obligarnos vivir el mismo sueno; si la utopía es todo eso, entonces solo podemos alegrarnos de su desaparición. La santificación y el sacrificio son el terreno de todas tiranías, el círculo mágico de toda opresión.
Pero está claro que hay algo más.
Para empezar es inexplicable que, concebida así, la utopía pueda considerarse superada por la sociedad actual o exterior a ella. El sacrificio del individuo es el fundamento de la actual administración social, la alineación de los deseos es la forma en la cual se reproduce, la uniformidad de los sueños es la pesadilla proyecto de una dominación tecnológica cada vez más real. Cada se hace más evidente como la democracia se procura espectacularmente sus propios enemigos. De hecho la actual organización social se salvaguarda no en función de sus resultados, sino a través de una probada estrategia de la emergencia y un hábil juego de aplazamientos. Todo lo que este fuera de este sistema solo puede ser terrorismo, delirio, locura. A través del llamamiento ideológico a la lucha contra fenómenos mistificadoramente presentados como externos o marginales (mafia, droga, fascismo etc.), y añadiendo a veces algunas necesarias -y sustancialmente inútiles- excepciones, se organiza la defensa de lo existente.
Incluso considerando la utopía un ideal ético-político practicante irrealizable, se adecua perfectamente a la ideología de la presente organización social. ¿Es realizable, de hecho, un ejercicio del poder que no tienda a reproducirse a si mismo aplastando a todos los que están sometidos a el? ¿Es posible, una forma ecológica de explotación? ¿Se puede vender la ciencia como algo neutro sin encontrarse con las armas de la burla? Entonces utópica es la libertad en el seno del Estado y el Capital.
La utopía que todos se apresuran a declarar muerta no es, por tanto, la sombra del totalitarismo ni la llamada constante de una sublime abstracción, sino, esa mirada mas allá, esa tensión -no sacrificial, sino deseante- que empuja mas allá del lugar de la autoridad, de la mercancía, del trabajo. Es ese espacio donde las diferencias pueden cohabitar sin ser superadas, donde los contrarios pueden actuar, donde la igualdad no es uniformidad, sino la búsqueda de un umbral de afinidad en el cual se puedan desarrollar la singular potencialidad de cada cual. No es un terreno donde la política pueda echar de nuevo sus raíces, sino, una subversión que lleva a los individuos “donde no es posible para el hombre echar raíces y donde por tanto no puede haber política, que es solo como el humo del cigarro de un hombre” (Thoreau).
La utopía no se recorre, como pensaban los que se sentaban del lado de la historia, como una marcha, sino como un baile a lo desconocido de continuas excursiones sin guía. Y sobre todo, sin garantías de conquistas definitivas. No existen derechos ni deberes, ni mecanismos, ni fundamentos objetivos (ya sea el Estado, la Comunidad o la Naturaleza) que puedan salvar de una experimentación continua. La diferencia entre pensamiento y practica de la utopía no es el otro término de una dialéctica que produce (o concluye) la historia, no es la fase necesaria de un movimiento ascendente en el que todos los opuestos se reconcilian. Es artificio, contraste permanente, juego. La base sobre la que reina la dominación no es el conflicto, sino el intento, que se transforma en construcción sistemática, de resolver de manera autoritaria y coercitiva los conflictos. La anarquía -si, mi anarquía- no es por tanto la supresión del conflicto, sino, su radicalización. Las diferencias que se pretenden destruir, por ejemplo las de clase, ¿que son sino la superación jerárquica de las diferencias entre individuos? Rechazar aquellas significa afirmar estas. “Lo que se opone converge. Y la discordia crea las más bellas tramas, y todo surge por la discordia” (Heraclito).
Piedras y fluidos
Que el castillo de mitificaciones y alteraciones ideológicas sobre el que ha fundado, y a veces legitimado la autoridad y la explotación se ha automatizado, es una idea frecuente entre los ácratas, entre los que se mantienen al margen, entre los que quieren vivir sin gobernar ni ser gobernados. Que sean los partidos políticos, por ejemplo, los que están subordinados al aparato mediático y no al revés, es algo que se puede intuir sin recurrir a la minada -y por tanto en parte equivoca- noción de espectáculo. Lo que escapa, por tanto, es que es la propia comunicabilidad la que se ha vuelto autónoma. “Lo que impide la comunicación es la comunicabilidad misma. Los hombres están separados por lo que les une” (G. Agamber).
Frente a estas continuas emergencias (paro, peligro de la derecha, etc.), al opinionismo difuso (entendido como ideología de la opinión), a la mística de lo nuevo; se impone la defensa de una inteligencia crítica como elemento fundamental para una práctica de secreción activa de los mecanismos de la dominación. Pero es evidente que esto no es suficiente. Es mas, aplazar continuamente el aspecto práctico en nombre de una profundización analítica (o genealógica, como dicen ahora los especialistas) nos coloca otra vez frente a palabras “duras como piedras” (Nietzsche); la primera de ellas, la ilusión de un saber acumulativo capaz de evitar cualquier posible error en el campo de la acción. Esta ilusión que es una de las más duras de matar, se presenta muchas veces de distintas maneras. Incluso cuando alguien intenta invertir el cuadro epistemológico y no enumerar y archivar datos (la derrota y la miseria de toda hipótesis de contra información, de hecho esta a la vista de todos), el ideal taxonómico avanza, y el esfuerzo de repensar los caminos de liberación recorridos comienza a situarse fuera de la práctica cotidiana. Afirmar la necesaria coincidencia entre pensamiento y acción no es solo una exigencia ética (de una ética, claro está, del deseo y no de la abnegación), sino que es también la convicción de hay dos polos que se alimentan recíprocamente, como fluido y la acción subministra instrumentos de reflexión y viceversa. Tanto más cuando la inteligencia esta siempre dispuesta a instalarse en esa razón cuyas aspiraciones han eliminado siempre toda diferencia, todo exceso. Es cierto que la violencia de la razón ha adquirido muchas veces la apariencia de mito de de la praxis, encadenando corazones y llevando directamente a dictaduras. Tampoco en la acción puede haber garantías. Es importante atesorar todos los indicios teóricos elaborados en los últimos años utilizándolos en mayor parte, contra las propias intenciones de sus autores. Vistos los proyectos tecnológicos del Estado y el Capital, destinados a reducir y alinear cada vez más los dispositivos lingüísticos y del saber, cualquier saqueo a, y contra la industria cultural solo puede significar una importante oportunidad de crecimiento individual. No sorprende, por tanto, en la miseria actual, ver profesores e intelectuales que por años han subrayado el aspecto oportunista de la idea de progreso -una idea que al presuponer una finalidad a la historia pertenece a la escatología cristiana- sostener los principios progresistas. Siempre han dicho que la concepción finalista conduce al campo de concentración, y los encontramos ahora del lado de los carceleros. Todo perfectamente racional. Lo que de todos modos tal ves debería sorprender un poco es lo de los anarquistas que sitúan la ingobernabilidad entre los males de la política (me refiero a la contraportada del folleto de Bookchin “la democracia directa”, editado hace unos meses por Eleuthera). Sera el peso de los acontecimientos.
La llamada de la polis
Al menos desde Maquiavelo en adelante, se entiende por política la ciencia del ejercicio del poder, ese conjunto de técnicas con las que se construye y se defiende la autoridad. En el intento de volver a crear un espacio público no estatal, se ha buscado recuperar otra noción de política, entendida como gestión comunitaria, como autogobierno de la polis. Esta definición se remota -procediendo un poco esquemáticamente- a Aristóteles. Como es sabido, para este, el hombre es un animal político (zoon politikon). Siendo humano sociable por naturaleza, el ámbito de la polis de identifica con el reino de la libertad. Pero para Aristóteles la sociedad no es solo un despliegue de necesidades y deseos naturales. En la dimensión política además de situarse la espontanea cooperación entre los humanos, se realiza el fin, la meta del mismo. Es más, se podría decir el Gran fin, el Telos. Según esta concepción, la política es ya un deber, una misión y en última instancia, una actividad separada. Si se añade además el culto al bien común como objetivo al que subordinar los deseos del individuo, vemos la política (que no es el acto de asociarse sin más, tout court) configurarse ya como dominación. Donde hay deberes sagrados, hay siempre sacrificio. Sin quitar importancia a la tarea de repensar las categorías conceptuales que usamos, no está de más recordar que cualquier sumisión del individuo a la maquina social -ya sea en forma de obediencia a las instituciones estatales o a una hipotética asamblea comunitaria- es la peor de las tiranías, aunque sea ejercida por una mayoría absoluta. No en vano hay quien ha visto en la doctrina aristotélica el germen de las sucesivas religiones cristiano-liberales, la sombra funesta de las tenazas de la civilización.
La miseria de las garantías
Cuando oigo hablar de la necesidad de hacer propuestas, de escapar del aislamiento, mi reacción espontanea es de recelo. Y no solo porque la mayoría de las veces la superación del gueto y la concreción de las acciones son chantajes ideológicos con los que justificar la uniformización e integración (demasiado a menudo de hecho, se pretende hacer pasar el conformismo por apertura mental y la anulación de las diferencias por rechazo al sectarismo). Lo que me hace desconfiar es también la sensación de que en la raíz de estos discursos esta la necesidad psicológica de garantías. Esta necesidad no esconde solo la vieja ilusión cuantitativa, o la igual de vieja ideología del frente unido (aunque ahora contra el peligro de la derecha). Es sobre todo la incapacidad -que en distinta medida todo el mundo advierte- de pensar mas allá de lo existente. Creo que en la teoría del municipalismo libertario se encuentran muchos de estos síntomas. Las técnicas de administración hacia las que se dirige la dominación estatal-capitalista se configuran cada vez más como un sistema de relaciones basado en la participación. La gestión del territorio, tanto en el plano político como en el económico, descansa cada vez más sobre las formas de relativa autogestión. Las posibilidades de la tecnología permiten llevar a cabo el control social y la reproducción de lo existente a través incluso del voluntariado difuso y el asocionismo de base. Sin pretender analizar las transformaciones acaecidas en el interior de la esfera productiva y en la organización del trabajo, me interesa poner de manifiesto, a través de algunos estímulos para la reflexión, como la teoría municipalista entra en el terreno de la recuperación. Tampoco me extrañaría que dicha teoría triunfara. Cuando se abandona el camino de la revuelta contra lo existente, siempre se alcanza éxito.
Municipalismo e integración
El logos, sugería Heraclito, es el verdadero elemento común a todos los hombres. El lenguaje, el rasgo que les une. Les une, pero en la diversidad. De hecho si existiese de verdad una razón universal, una, la comunicación sería imposible, ya que todos conocerían los pensamientos de los demás tan bien como los propios. Es la singularidad de la razón la que impulsa al humano a comunicarse. Lo que el Estado y el Capital han alineado y vuelto autónomo (es algo más que un conjunto de imágenes insertadas en nuestras cabezas), es el propio elemento lingüístico, el espacio común. La comunidad real (esto es, repito, la comunidad de diferentes) se ha transformado en su simulacro. La tecnología está construyendo las comunidades virtuales como una huida colectiva de un mundo cada vez mas intolerable. No se trata de simples maquinas (que los prometeicos sueños de liberación de algunos las vislumbran como reutilizables para otros fines), sino de toda una organización social. Nuestras vidas se arrastran en contenedores cada vez mas anónimos -un anonimato al que, como se ha dicho en alguna ocasión, paradójicamente solo se accede después de ser registrado, solo después de haber facilitado una identificación (ficticia, mercantil o legal)-. Desde el momento en que las relaciones humanas son medidas totalmente por el trabajo (entendido no solamente como salariado, sino como funcionalidad de la sociedad)y y nuestro medio es cada vez más un producto publicitario, un no-lugar, la búsqueda de identidad se desplaza hacia proyecciones colectivas, hacia esferas publicas en las que reconocerse. De ahí el violento resurgir de los regionalismos, de las reivindicaciones étnicas: en pocas palabras, de la ideología comunitaria. La propuesta municipalista es precisamente el intento de refundar un espacio comunitario allí donde ninguna comunidad es posible ya. Esta propuesta contiene la convicción de que es todavía posible emprender los caminos de la autogestión (entendida no como método de lucha, sino como forma de organización social), quizás partiendo no ya de la centralidad de la fábrica, sino de la centralidad de los espacios ocupados y otras formas de experimentación libertaria. Lo que no se advierte es que la gestión misma (la administración) del territorio es una dimensión del poder. Igual que la producción. Donde hay medición del tiempo, hay rendimiento, hay deber, hay trabajo -aunque no se asuman los rasgos de la remuneración salarial, el consumo mismo es trabajo-. La tecnología y el urbanismo mismo se basan en la alienación y control de los individuos, en la violencia de las relaciones medidas y en el sacrificio de la creatividad.
Autogestión o destrucción de lo existente
De tanto hablar de autogestión, tal vez se ha acabado eludiendo la cuestión fundamental, a saber, el quien al que la autogestión hace referencia, quien es ese auto que este concepto indica. Se podría decir que todas las estructuras existentes, desde los grupos de voluntariado a las instituciones estatales, se autogobiernan. Si no se quiere reconstruir una nueva opresión o integrarse en la actual, la autogestión solo puede convertirse en la dimensión -relacional, si- del individuo. El individuo se autogestiona si es propietario de su tiempo y si puede participar en la creación de su propio espacio. En pocas palabras, si puede tener relaciones de reciprocidad. En el interior de un territorio telemático dominado por la mediación, como el que el Estado y el Capital están configurando, esta perspectiva solo puede significar la defensa activa, el ataque. Como exceso de deseo, como amor por la búsqueda.
En un mundo que se transforma cada vez más como una terrorífica tela de araña virtual, para quien quiere recorrer la no violencia de la destrucción, precioso amparo la antigua sabiduría: “quien no espera lo inesperado nunca lo encontrara, pues es imposible de encontrar e impenetrable y ningún camino conduce allí” (Heraclito). Donde saber alude a una intuición, a una hipótesis de recorrido. Tal vez la utopía es precisamente esto: no una meta, sino un camino.
Texto aparecido en la revista L’ammutinamiento del pensiero, bajo el título original Pensieri sparsi su utopia.